Nuria Jar: 
Gracias por escribir libros.   De pequeña disfruté con Manolito Gafotas. Ahora, leyendo Lugares, me encantó saber de mi excompañero de Ràdio Sabadell, David Valenzuela, y descubrir que el pasado agosto desayunaba en el mismo sitio que nombras en el libro, el Moon Bakery del Upper West Side, barrio donde disfruté de un agosto increíble.   Te paso mi LUGAR, ¡saludos!   Lugares que no quiero compartir con nadie.  Si os gustan las historias sobre fóssiles, estrellas y crustáceos, la Bell House (149 7th Street - Brooklyn) acoge una vez al mes el The Secret Science Club. Un evento para peinarse las neuronas a lo hipster y descubrir otro de los universos de Nueva York.

Nuria Jar: 

Gracias por escribir libros. De pequeña disfruté con Manolito Gafotas. Ahora, leyendo Lugares, me encantó saber de mi excompañero de Ràdio Sabadell, David Valenzuela, y descubrir que el pasado agosto desayunaba en el mismo sitio que nombras en el libro, el Moon Bakery del Upper West Side, barrio donde disfruté de un agosto increíble. Te paso mi LUGAR, ¡saludos! Lugares que no quiero compartir con nadie. Si os gustan las historias sobre fóssiles, estrellas y crustáceos, la Bell House (149 7th Street - Brooklyn) acoge una vez al mes el The Secret Science Club. Un evento para peinarse las neuronas a lo hipster y descubrir otro de los universos de Nueva York.

Manuel Ángel Candelas:
Durante un par de meses viví en la calle 72, esquina Broadway, en una casa que ya no existe. Comprábamos siempre la comida en Fairway. Gracias a tu descripción, pude recordar a la perfección aquel lugar fascinante. Aún ahora, siete años después, podría entrar y saber en qué sitio exacto se hallaban las cosas. Me extrañó, no obstante, que en ese hermoso recorrido por Nueva York no mencionases el cercano Gray’s Papaya, uno de esos míticos locales de perritos calientes, en este caso con zumo de papaya para llevar o comer allí mismo con el paisaje del intenso tráfico en sus ventanales.

Manuel Ángel Candelas:

Durante un par de meses viví en la calle 72, esquina Broadway, en una casa que ya no existe. Comprábamos siempre la comida en Fairway. Gracias a tu descripción, pude recordar a la perfección aquel lugar fascinante. Aún ahora, siete años después, podría entrar y saber en qué sitio exacto se hallaban las cosas. Me extrañó, no obstante, que en ese hermoso recorrido por Nueva York no mencionases el cercano Gray’s Papaya, uno de esos míticos locales de perritos calientes, en este caso con zumo de papaya para llevar o comer allí mismo con el paisaje del intenso tráfico en sus ventanales.

Hola Elvira,

En realidad todavía no estoy muy convencida de escribirte. La verdad, es bastante raro escribir a alguien que encuentras tan familiar, pero que en realidad a ti no te conoce de nada. Es la misma sensación que tienes cuando te levantas y has soñado con alguien y cuando ves a esa persona solo tu sabes que tenéis algo en común.


Antes de nada quiero presentarme. Me llamo Alexandra, Sandra para quiénes conocen mi pasado adolescente en el que odiaba mi nombre, tengo 23 años y soy de Madrid. Como todo el mundo te dirá me encantan tus libros, aunque me declaro “Manolista” hasta las trancas. De hecho siempre he pensado, desde pequeña, que tu habías conocido a mi primo. Vive en Carabanchel, tiene un hermano que con mucho cariño se dirige a él como imbécil e incluso tiene en su vida una vecina Luisa, con chalet en la sierra incluido. Es por eso que le tengo tanto cariño, porque forma simplemente parte de mi familia.


Ahora vivo en España, pero he vivido 6 meses en Nueva York. Es por eso que cuando me enteré de que habías escrito un libro sobre tus vivencias allí, tenía que comprarlo. Comencé a leerlo mientras pagaba en la caja, y tengo que confesarte que me decepcioné un poco. Tu vives en el Upper West y yo viví en la Park Avenue de Brooklyn, en la misma calle donde se crió Al Capone, rodeada de pisos de protección oficial. También te tengo que confesar, que esa decepción me desapareció a los cinco segundos, cuando me di cuenta de que realmente Nueva York muestra a cada uno una cara, que sea como sea, te hace quererla, e incluso echarla de menos cuando estas lejos. Yo ahora echo de menos, mi calle, mis dominicanos, mis pisos de protección oficial y mi edificio que temblaba al paso hasta de una mosca, del que creo que Ibáñez copió su estado para la 13 Rue del Percebe.


Por esta razón me estoy volviendo a releer el libro, para hacer míos tus sitios, si no te importa claro. Algunos por mi presupuesto, quizá nunca los visite, pero ten por seguro, que intentaré en mi próxima visita, que aún no se si será pronto o nunca jamás, observar tu Nueva York a través de mis ojos.


En realidad el motivo de este email, es el de enviarte mi lugar en Nueva York. Tengo que reconocerte que no es mi preferido, pero sí el que más me impactó. Te hablo de The Cloisters. No se si los habrás visitado, pero te resumo. Son cinco claustros del los Siglos XII y XIX traídos de España (De ahí su aspecto manchego) y Francia, y actualmente propiedad de Rockefeller Jr.. No se si me adelanto, pero creo que pertenecen al Metropolitan. Está al norte de la isla, dentro del Fort Tyron Park. Un amigo me lo enseñó y desde entonces se lo recomiendo a todo el mundo, porque desde luego no es algo que imagines que te vayas a encontrar en esa ciudad tan relativamente moderna. Espero que te guste.


Te adjunto algunas imágenes de los claustros y de lo que nos encontramos en la caminata de subida, con lo que te puedes imaginar el frío que hacía. Recomiendo la visita en primavera, cuando además los patios de los claustros están llenos de flores.
En cuanto a recomendación gastronómica, te recomiendo La Oficina Latina. Como reza su página web es un bistro panamericano, y está en el 24 de Prince St. Es un sitio genial para ir a cenar. Quizá sus raciones no son abundantes, pero tampoco se quedan atrás, y para cenar no está nada mal. Mi plato preferido de la carta es la ensalada de Arugula, pruébala.


Termino este testamento, que para no decidirme a escribirte no veas como me enrollo, haciéndote otra confesión. Un vez te vi en el metro. No me acerqué y te pido disculpas por ser tan antipática, pero me dio muchísima vergüenza.
Un beso Elvira